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domingo, 15 de setembro de 2019
Leitura: Revelación Mesmérica (1844) - Edgar Allan Poe
(Originalmente publicado en: Columbian Magazine, EUA, agosto 1844)
Aunque la teoría del mesmerismo esté aún envuelta en dudas, sus sobrecogedoras realidades son ya casi universalmente admitidas. Los que dudan de éstas pertenecen a la casta inútil y despreciable de los que dudan por pura profesión. No hay mejor manera de perder el tiempo que proponerse probar en la actualidad que el hombre, por el simple ejercicio de su voluntad, puede impresionar a su semejante al punto de sumirlo en un estado anormal cuyas manifestaciones se parecen estrechamente a las de la muerte, o por lo menos en mayor grado que cualquier otro fenómeno conocido en condiciones normales; que, en ese estado, la persona así influida utiliza sólo con esfuerzo y en consecuencia débilmente los órganos exteriores de los sentidos y, sin embargo, percibe con agudeza y refinamiento, y por vías presuntamente desconocidas, cosas que están más allá del alcance de los órganos físicos; que, además, sus facultades intelectuales se hallan en un maravilloso estado de exaltación y fuerza; que las simpatías con la persona que así influye sobre ella son profundas, y, finalmente, que su susceptibilidad de impresión va en aumento gradual, al tiempo que, en la misma proporción, se extienden y acentúan cada vez más los peculiares fenómenos producidos.
Digo que sería superfluo demostrar las leyes del mesmerismo en sus rasgos generales; tampoco infligiré a mis lectores una demostración hoy tan innecesaria. Mi propósito es, en verdad, muy otro. Me siento impelido, aun enfrentándome de esta manera con un mundo de prejuicios, a detallar sin comentarios el notabilísimo diálogo que sostuve con un hipnotizado.
Hacía mucho tiempo que tenía la costumbre de hipnotizar a la persona en cuestión (Mr. Vankirk), en quien se habían manifestado la aguda susceptibilidad y la exaltación habituales en la percepción mesmérica. Desde varios meses atrás, Mr. Vankirk padecía una tisis declarada y mis pases habían aliviado sus efectos más penosos; la noche del miércoles 15 del mes actual fui llamado a su cabecera.
El enfermo sufría un dolor agudo en la región cordial y respiraba con gran dificultad, presentando todos los síntomas comunes del asma. En espasmos como aquél generalmente le proporcionaba alivio la aplicación de mostaza en los centros nerviosos, pero esa noche el recurso había resultado inútil.
Cuando entré en su habitación me recibió con una sonrisa jovial, y aunque evidentemente sus dolores físicos eran grandes, su ánimo parecía muy tranquilo.
—Lo mandé buscar esta noche —dijo— no tanto para que mitigara mi dolencia como para que me explicara ciertas impresiones psíquicas que últimamente me han causado gran ansiedad y sorpresa. No necesito decirle cuan escéptico he sido hasta hoy con respecto a la inmortalidad del alma. No puedo negar que siempre ha existido, quizá en esa misma alma que he negado, una especie de vago sentimiento de su propia existencia. Pero esta especie de sentimiento no llegó en ningún instante a la convicción. Era cosa que nada tenía que ver con la razón. Todas las tentativas de investigación lógica me dejaban, a decir verdad, más escéptico que antes. Me aconsejaron que estudiara a Cousin. Lo estudié en sus obras, así como en sus repercusiones europeas y americanas. El Charles Elwood de Mr. Brownson, por ejemplo, cayó en mis manos. Lo leí con profunda atención. Lo encontré lógico de una punta a la otra, pero las partes que no eran simplemente lógicas constituían, desgraciadamente, los argumentos iniciales del incrédulo héroe del libro. En sus conclusiones me pareció evidente que el razonador no había logrado siquiera convencerse a sí mismo. El final había olvidado por completo el principio, como el gobierno de Trínculo. En una palabra: no tardé en advertir que, si el hombre ha de persuadirse intelectualmente de su propia inmortalidad, nunca lo logrará por las meras abstracciones que durante tanto tiempo han constituido el método de los moralistas de Inglaterra, Francia y Alemania. Las abstracciones pueden ser una diversión y un ejercicio, pero no se posesionan de la mente. Aquí, en la tierra por lo menos, la filosofía, estoy convencido, siempre nos pedirá en vano que consideremos las cualidades como cosas. La voluntad puede asentir; el alma, el intelecto, nunca. Repito, pues, que sólo había sentido a medias, pero nunca creí intelectualmente. Mas en los últimos tiempos el sentimiento se ha ahondado hasta parecerse tanto a la aquiescencia de la razón, que me resulta difícil distinguirlos. Creo también poder atribuir este efecto simplemente a la influencia mesmérica. No sé explicar mejor mi pensamiento que por la hipótesis de que la exaltación mesmérica me capacita para percibir una serie de razonamientos que en mi existencia normal son convincentes, pero que, en total acuerdo con los fenómenos mesméricos, no se extienden, salvo en su efecto, a mi estado normal. En el estado hipnótico, el razonamiento y la conclusión, la causa y el efecto están presentes a un tiempo. En mi estado natural, la causa se desvanece; únicamente el efecto, y quizá sólo en parte, permanece. Estas consideraciones me han llevado a pensar que podrían obtenerse algunos buenos resultados dirigiéndome, mientras estoy mesmerizado, una serie de preguntas bien encaminadas. Usted ha observado a menudo el profundo conocimiento de sí mismo que demuestra el hipnotizado, el amplio saber que despliega sobre todo lo concerniente al estado mesmérico, y de este conocimiento de sí mismo pueden deducirse indicaciones para la adecuada confección de un cuestionario.
Accedí, claro está, a realizar este experimento. Unos pocos pases sumieron a Mr. Vankirk en el sueño mesmérico. Su respiración se hizo inmediatamente más fácil y parecía no padecer ninguna incomodidad física. Entonces se produjo la siguiente conversación (en el diálogo, V. representa al paciente y P. soy yo):
P. —¿Duerme usted?
V. —Sí…, no; preferiría dormir más profundamente.
P. —(Después de algunos pases). ¿Duerme ahora?
V. —Sí.
P. —¿Cómo cree que terminará su enfermedad?
V. —(Después de una larga vacilación y hablando como con esfuerzo). Moriré.
P. —¿Le aflige la idea de la muerte?
V. —(Muy rápido). ¡No…, no!
P. —¿Le desagrada esta perspectiva?
V. —Si estuviera despierto me gustaría morir, pero ahora no tiene importancia. El estado mesmérico se avecina lo bastante a la muerte como para satisfacerme.
P. —Me gustaría que se explicara, Mr. Vankirk.
V. —Quisiera hacerlo, pero requiere más esfuerzo del que me siento capaz. Usted no me interroga correctamente.
P. —Entonces, ¿qué debo preguntarle?
V. —Debe comenzar por el principio.
P. —¡El principio! Pero, ¿dónde está el principio?
V. —Usted sabe que el principio es Dios. (Esto fue dicho en tono bajo, vacilante, y con todas las señales de la más profunda veneración).
P. —Pero, ¿qué es Dios?
V. —(Vacilando durante varios minutos). No puedo decirlo.
P. —Dios, ¿no es espíritu?
V. —Mientras estaba despierto, yo sabía lo que usted quiere decir con «espíritu», pero ahora me parece sólo una palabra, tal como, por ejemplo, verdad, belleza; una cualidad, quiero decir.
P. —Dios, ¿no es inmaterial?
V. —No hay inmaterialidad; ésta es una simple palabra. Lo que no es materia no es nada, a menos que las cualidades sean cosas.
P. —Entonces, ¿Dios es material?
V. —No. (Esta respuesta me sobrecogió).
P. —¿Y qué es?
V. —(Después de una larga pausa, entre dientes). Lo veo… pero es una cosa difícil de decir. (Otra larga pausa). No es espíritu, pues existe. Tampoco es materia, como usted la entiende. Pero hay gradaciones de la materia de las que el hombre nada sabe, en que la más basta impulsa a la más sutil, la más sutil invade la más basta. La atmósfera, por ejemplo, impulsa el principio eléctrico, mientras el principio eléctrico penetra la atmósfera. Estas gradaciones de la materia crecen en tenuidad o sutileza hasta que llegamos a una materia indivisa —sin partículas—, indivisible —una—, y aquí la ley de la impulsión y de la penetración se modifica. La materia última o indivisa no sólo penetra todas las cosas, sino que las impulsa, y de esta manera es todas las cosas en sí misma. Esta materia es Dios. Lo que el hombre intenta formular con la palabra «pensamiento» es esta materia en movimiento.
P. —Los metafísicos sostienen que toda acción es reductible a movimiento y pensamiento, y que el último es el origen del primero.
V. —Sí, y ahora veo la confusión de la idea. El movimiento es la acción de la mente, no del pensamiento. La materia indivisa o Dios, en reposo, es (en la medida en que podemos concebirlo) lo que los hombres llaman mente. Y el poder de automovimiento (equivalente en efecto a la volición humana) es, en la materia indivisa, el resultado de su unidad y de su omni-predominancia; cómo, no lo sé, y ahora veo claramente que nunca lo sabré. Pero la materia indivisa, puesta en movimiento por una ley o cualidad existente en sí misma, es el pensamiento.
P. —¿No puede darme una idea más precisa de lo que usted designa materia indivisa?
V. —Las materias que el hombre conoce escapan gradualmente a los sentidos. Tenemos, por ejemplo, un metal, un trozo de madera, una gota de agua, la atmósfera, el gas, el calor, la electricidad, el éter luminoso. Ahora bien, llamamos materia a todas esas cosas, y abarcamos toda la materia en una definición general; sin embargo, no puede haber dos ideas más esencialmente distintas que la que referimos a un metal y la que referimos al éter luminoso. Cuando llegamos al último, sentimos una inclinación casi irresistible a clasificarlo con el espíritu o con la nada. La única consideración que nos detiene es nuestra idea de su constitución atómica, y aun aquí debemos pedir ayuda a nuestra noción de átomo como algo infinitamente pequeño, sólido, palpable, pesado. Destruyamos la idea de la constitución atómica y ya no seremos capaces de considerar el éter como una entidad o, por lo menos, como materia. A falta de una palabra mejor podríamos designarlo espíritu. Demos ahora un paso más allá del éter luminoso, concibamos una materia mucho más sutil que el éter, así como el éter es más sutil que el metal, y llegamos en seguida (a pesar de todos los dogmas escolásticos) a una masa única, a una materia indivisa. Pues, aunque admitamos una infinita pequeñez en los átomos mismos, la infinita pequeñez de los espacios interatómicos es un absurdo. Habrá un punto, habrá un grado de sutileza en el cual, si los átomos son suficientemente numerosos, los interespacios desaparecerán y la masa será absolutamente una. Pero al dejar de lado ahora la idea de la constitución atómica, la naturaleza de la masa se deslizará inevitablemente a nuestra concepción del espíritu. Está claro, sin embargo, que es tan materia como antes. La verdad es que resulta imposible concebir el espíritu, puesto que es imposible imaginar lo que no es. Cuando nos jactamos de haber llegado a concebirlo, hemos engañado simplemente nuestro entendimiento con la consideración de una materia infinitamente rarificada.
P. —Me parece que hay una objeción insuperable a la idea de la absoluta unidad, y ella es la ligerísima resistencia experimentada por los cuerpos celestes en sus revoluciones a través del espacio, resistencia que ahora sabemos, es verdad, existe en cierto grado, pero que, sin embargo, es tan ligera que aun la sagacidad de Newton la pasó por alto. Sabemos que la resistencia de los cuerpos es principalmente proporcionada a su densidad. La unidad absoluta es la densidad absoluta. Donde no hay interespacios no puede haber paso. Un éter absolutamente denso detendría de una manera infinitamente más efectiva la marcha de una estrella que un éter de diamante o de acero.
V. —Su objeción se contesta con una facilidad que está casi en proporción con su aparente irrefutabilidad. Con respecto a la marcha de una estrella, no puede haber diferencia entre que la estrella pase a través del éter o el éter a través de ésta. No hay error astronómico más inexplicable que el que relaciona el conocido retardo de los cometas con la idea de su paso a través del éter, pues por sutil que se suponga ese éter detendría toda revolución sideral en un período mucho más breve que el admitido por esos astrónomos, quienes han intentado suprimir un punto que consideraban imposible de entender. El retardo experimentado es, por el contrario, aproximadamente el mismo que puede esperarse de la fricción del éter en el pasaje instantáneo a través del astro. En un caso, la fuerza de retardo es momentánea y completa en sí misma; en el otro, es infinitamente acumulativa.
P. —Pero en todo esto, en esta identificación de la simple materia con Dios, ¿no hay nada de irreverencia? (Me vi obligado a repetir esta pregunta antes de que el hipnotizado comprendiera cabalmente su sentido).
V. —¿Puede usted decir por qué la materia ha de ser menos reverenciada que la mente? Usted olvida que la materia de la cual hablo es, en todo sentido, la verdadera «mente» o «espíritu» de las escuelas, sobre todo en lo que concierne a sus elevadas propiedades, y es, al mismo tiempo, la «materia» para estas escuelas. Dios, con todos los poderes atribuidos al espíritu, es tan sólo la perfección de la materia.
P. —¿Afirma usted, entonces, que la materia indivisa, en movimiento, es pensamiento?
V. —En general, el movimiento es el pensamiento universal de la mente universal. Este pensamiento crea. Todas las cosas creadas no son sino los pensamientos de Dios.
P. —Usted dice «en general».
V. —Sí. La mente universal es Dios. Para las nuevas individualidades es necesaria la materia.
P. —Pero usted habla ahora de «mente» y de «materia» como lo hacen los metafísicos.
V. —Sí, para evitar la confusión. Cuando digo «mente» me refiero a la materia indivisa o última; cuando digo «materia» me refiero a todo lo demás.
P. —Usted decía que «para las nuevas individualidades es necesaria la materia».
V. —Sí, pues la mente, en su existencia incorpórea, es simplemente Dios. Para crear los seres individuales, pensantes, era necesario encarnar porciones de la mente divina. Así es individualizado el hombre. Despojado de su envoltura corporal sería Dios. El movimiento particular de las porciones encarnadas de la materia indivisa es el pensamiento del hombre, así como el movimiento del todo es el de Dios.
P. —¿Dice usted que despojado de su envoltura corporal el hombre sería Dios?
V. —(Después de mucho vacilar). No pude haber dicho eso, es un absurdo.
P. —(Recurriendo a mis notas). Usted dijo que «despojado de su envoltura corporal el hombre sería Dios».
V. —Y es verdad. El hombre así despojado sería Dios, sería desindividualizado. Pero no puede despojarse jamás de esa manera —por lo menos nunca podrá—, a menos que imaginemos una acción de Dios que vuelve sobre sí misma, una acción inútil, sin finalidad. El hombre es una criatura. Las criaturas son pensamientos de Dios. Está en la naturaleza del pensamiento ser irrevocable.
P. —No comprendo. ¿Usted dice que el hombre nunca podrá desprenderse de su cuerpo?
V. —Digo que nunca será incorpóreo.
P. —Explíquese.
V. —Hay dos cuerpos: el rudimentario y el completo, que corresponden a las dos condiciones de la crisálida y la mariposa. Lo que llamamos «muerte» es tan sólo la penosa metamorfosis. Nuestra presente encarnación es progresiva, preparatoria, temporaria. Nuestro futuro es perfecto, definitivo, inmortal. La vida definitiva constituye la finalidad absoluta.
P. —Pero de la metamorfosis de la crisálida tenemos un conocimiento palpable.
V. —Nosotros sí, pero la crisálida no. La materia que compone nuestro cuerpo rudimentario está al alcance de los órganos de este cuerpo, o, más claramente, nuestros órganos rudimentarios se adaptan a la materia que forma el cuerpo rudimentario, pero no al que compone el cuerpo definitivo. Éste escapa así a nuestros sentidos rudimentarios, y sólo percibimos la envoltura que cae al morir, desprendiéndose de la forma interior, no esa misma forma interior; pero esta última, así como la envoltura, es apreciable para los que ya han adquirido la vida definitiva.
P. —Usted ha dicho a menudo que el estado mesmérico se asemeja estrechamente a la muerte. ¿Cómo es eso?
V. —Cuando digo que se parece a la muerte, aludo a que se asemeja a la vida definitiva, pues cuando estoy en trance los sentidos de mi vida rudimentaria quedan en suspenso y percibo las cosas exteriores directamente, sin órganos, a través de un intermediario que emplearé en la vida definitiva, inorganizada.
P. —¿Inorganizada?
V. —Sí; los órganos son mecanismos mediante los cuales el individuo se pone en relación sensible con clases y formas particulares de materia, con exclusión de otras clases y formas. Los órganos del hombre están adaptados a esta condición rudimentaria y sólo a ésta; siendo inorganizada su condición última, su comprensión es ilimitada en todos los órdenes, salvo en uno: la naturaleza de la voluntad de Dios, es decir, el movimiento de la materia indivisa. Usted tendrá una idea clara del cuerpo definitivo concibiéndolo como si fuera todo cerebro. No es eso; pero una concepción de esta naturaleza lo acercará a la comprensión de su ser. Un cuerpo luminoso imparte vibración al éter. Las vibraciones engendran otras similares dentro de la retina; éstas comunican otras al nervio óptico. El nervio envía otras al cerebro, y el cerebro otras a la materia indivisa que lo penetra. El movimiento de esta última es el pensamiento, cuya primera ondulación es la percepción. De esta manera la mente de la vida rudimentaria se comunica con el mundo exterior, y este mundo exterior está limitado para la vida rudimentaria, por la idiosincrasia de sus órganos. Pero en la vida definitiva, inorganizada, el mundo exterior llega al cuerpo entero (que es de una sustancia afín al cerebro, como he dicho), sin otra intervención que la de un éter infinitamente más sutil que el luminoso; y todo el cuerpo vibra al unísono con este éter, poniendo en movimiento la materia indivisa que lo penetra. A la ausencia de órganos especiales debemos atribuir, además, la casi ilimitada percepción propia de la vida definitiva. En los seres rudimentarios los órganos son las jaulas necesarias para encerrarlos hasta que tengan alas.
P. —Usted habla de «seres» rudimentarios. ¿Hay otros seres pensantes rudimentarios además del hombre?
V. —Las numerosas acumulaciones de materia sutil en nebulosas, planetas, soles y otros cuerpos que no son ni nebulosas, ni soles, ni planetas tienen la única finalidad de dar pábulo a los distintos órganos de infinidad de seres rudimentarios. De no ser por la necesidad de la vida rudimentaria, previa a la definitiva, no hubiera habido cuerpos como éstos. Cada uno de ellos es ocupado por una variedad distinta de criaturas orgánicas, rudimentarias, pensantes. En todas los órganos varían según los caracteres del lugar ocupado. A la muerte o metamorfosis, estas criaturas que gozan de la vida definitiva —la inmortalidad— y conocen todos los secretos, salvo uno, actúan y se mueven en todas partes por simple volición; habitan, no en las estrellas, que nosotros consideramos las únicas cosas palpables para cuya distribución ciegamente juzgamos creado el espacio, sino el espacio mismo, ese infinito cuya inmensidad verdaderamente sustancial se traga las estrellas al igual que sombras, borrándolas como no entidades de la percepción de los ángeles.
P. —Usted dice que, «de no ser por la necesidad de la vida rudimentaria», no hubiera habido estrellas. ¿Pero por qué esta necesidad?
V. —En la vida inorgánica, así como generalmente en la materia inorgánica, no hay nada que impida la acción de una única y simple ley, la Divina Volición. La vida orgánica y la materia (complejas, sustanciales y sometidas a leyes) fueron creadas con el propósito de producir un impedimento.
P. —Pero de nuevo, ¿qué necesidad había de producir ese impedimento?
V. —El resultado de la ley inviolada es perfección, justicia, felicidad negativa. El resultado de la ley violada es imperfección, injusticia, dolor positivo. Por medio de los impedimentos que brindan el número, la complejidad y la sustancialidad de las leyes de la vida orgánica y de la materia, la violación de la ley resulta, hasta cierto punto, practicable. Así el dolor, que es imposible en la vida inorgánica, es posible en la orgánica.
P. —¿Pero cuál es el propósito benéfico que justifica la existencia del dolor?
V. —Todas las cosas son buenas o malas por comparación. Un análisis suficiente mostrará que el placer, en todos los casos, es tan sólo el reverso del dolor. El placer positivo es una simple idea. Para ser felices hasta cierto punto, debemos haber padecido hasta ese mismo punto. No sufrir nunca sería no haber sido nunca dichoso. Pero se ha demostrado que en la vida inorgánica no puede existir dolor; de ahí su necesidad en la orgánica. El dolor de la vida primitiva en la tierra es la única garantía de beatitud para la vida definitiva en el cielo.
P. —Todavía hay una de sus expresiones que me resulta imposible comprender: «la inmensidad verdaderamente sustancial» del infinito.
V. —Ello es quizá porque no tiene usted una noción suficientemente genérica del término «sustancia». No debemos considerarla una cualidad, sino un sentimiento: es la percepción, en los seres pensantes, de la adaptación de la materia a su organización. Hay muchas cosas en la tierra que nada serían para los habitantes de Venus, muchas cosas visibles y tangibles en Venus cuya existencia seríamos incapaces de apreciar. Pero, para los seres inorgánicos, para los ángeles, la totalidad de la materia indivisa es sustancia, es decir, la totalidad de lo que designamos «espacio» es para ellos la sustancialidad más verdadera; al mismo tiempo las estrellas, en lo que consideramos su materialidad, escapan al sentido angélico, de la misma manera que la materia indivisa, en lo que consideramos su inmaterialidad, se evade de lo orgánico.
Mientras el hipnotizado pronunciaba estas últimas palabras con voz débil, observé en su fisonomía una singular expresión que me alarmó un poco y me indujo a despertarlo en seguida. No bien lo hube hecho, con una brillante sonrisa que iluminó todas sus facciones cayó de espaldas sobre la almohada y expiró. Observé que, menos de un minuto después, su cuerpo tenía toda la severa rigidez de la piedra. Su frente estaba fría como el hielo. Parecía haber sufrido una larga presión de la mano de Azrael. El hipnotizado, durante la última parte de su discurso, ¿se había dirigido a mí desde la región de las sombras?
Fim
Fonte onde obtive o conto: Literatura.us (assim como faço aqui no blog, o site diz que não tem fins comerciais e os textos são para uso de estudos literários)
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Comentário:
A leitura deste conto de Poe foi motivada pelo contexto de estudo do escritor chileno Roberto Bolaño, disciplina que estou fazendo na graduação de Letras da Universidade de São Paulo. Além deste conto, li também o "O caso do Sr. Valdemar", também de Poe. Ambos os contos têm a temática do Mesmerismo ou Magnetismo Animal.
O romance de Bolaño "Monsieur Pain" (1999) faz referência a esse tema do Mesmerismo. O conto também tem um momento que nos lembra o conto de Poe "El hombre de la multitud".
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sábado, 9 de janeiro de 2016
Diário - 090116
![]() |
| Visão de meu mundo. |
Dias passados em Osasco, São Paulo.
Caminhando e correndo um pouco no Parque Continental. Quase que diariamente.
Em termos de leituras, estou focado em ler contos. Já li os nove contos do livro Nove Estórias, do escritor americano J. D. Salinger, publicado em 1953. Li alguns contos de Machado de Assis. Li um conto de Edgar Allan Poe e estou lendo neste momento os contos do livro Os Cavalinhos de Platiplanto, de José J. Veiga, publicado em 1959.
Também reli um pouco Dom Casmurro (1899), de Machado de Assis.
Peguei um livro estranho nas pilhas de coisas velhas e comecei a lê-lo. É um livro publicado no início dos anos oitenta nos Países Baixos e traduzido no Brasil nos anos noventa: O livro secreto dos gnomos. É um livro em gravuras belíssimas. Muito interessante. Lembrou-me os tempos passados, quando eu cria em tudo que era coisa esotérica.
Ahh, e estou avançando bem na leitura de A viagem do elefante (2008), de José Saramago.
Fico olhando minhas pilhas de livros, fitas cassete em VHS, DVDs, revistas, e zilhões de papéis de anotações de minha faculdade de Letras e, então, bate tanta coisa em minha mente.
Fico vendo meus livros em diversas línguas, meus livros didáticos, dicionários e gramáticas de várias línguas e de novo vêm as reflexões a respeito de minhas intenções passadas de aprender aquelas línguas e ler os livros em seus idiomas originais.
Como desfazer de grande parte desse volume de coisas?
William
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William Mendes
sexta-feira, 1 de janeiro de 2016
Diário - 010116
| Osasco, uma visão de meu mundo. |
Primeiro dia do ano civil de 2016. (Calendário Gregoriano)
Li cinco contos do livro de J. D. Salinger Nove Estórias de 1953. Linguagem coloquial e com denúncia do cotidiano das famílias americanas das décadas de quarenta e anteriores.
Reli alguns capítulos também de Dom Casmurro, de Machado de Assis (obra de 1899). Estou relendo a obra faz alguns dias. Os capítulos que li são sobre Capitu e seus "olhos de ressaca".
Estou testando se consigo ler algo nestas férias que começam oficialmente hoje. Sei que vou trabalhar vários dias de janeiro, envolvido na política e questões gerais da entidade de saúde em que sou gestor eleito. Mesmo assim, preciso desligar um pouco por causa da minha saúde e para dar um pouco de atenção à família.
Li faz uns dois dias, um conto do livro Histórias Extraordinárias de Edgar Allan Poe. O conto que li ("O caso do sr. Valdemar") não é um dos mais famosos do livro e do autor.
Assistimos ontem a um filme de Charlie Chaplin, na hora da passagem do Ano Novo - Luzes da cidade (1931).
O filho cresceu e bateu asas. Foi passar a virada do Ano Novo com a namorada e família.
Estou pensando até se leio contos de José J. Veiga, um dos principais autores brasileiros de contos fantásticos, falecido em 1999.
Espero caminhar, correr, quem sabe nadar um pouco, me alimentar melhor e dormir mais neste mês de janeiro e torcer para conseguir voltar minha pressão arterial ao normal.
Post Scriptum (15/9/19):
Reli o conto de Poe por causa de uma matéria que estou cursando na Faculdade de Letras da USP. Estamos lendo obras do escritor chileno Roberto Bolaño e no livro Monsieur Pain (1999) há referências a obras de Poe que tratam do tema Mesmerismo ou Magnetismo Animal. Foi uma coincidência eu ter escolhido entre dezenas e dezenas de contos de Edgar Allan Poe justamente o do Senhor Valdemar. São muito legais essas intertextualidades na literatura mundial.
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segunda-feira, 2 de abril de 2012
Filosofía de la composición - Edgar Alan Poe
![]() |
| Edgar Alan Poe - imagem da Wikipedia. |
En
una nota que en estos momentos tengo a la vista, Charles Dickens dice lo
siguiente, refiriéndose a un análisis que efectué del mecanismo de Barnaby
Rudge: "¿Saben, dicho sea de paso, que Godwin escribió su Caleb Williams
al revés? Comenzó enmarañando la materia del segundo libro y luego, para
componer el primero, pensó en los medios de justificar todo lo que había
hecho".
Se
me hace difícil creer que fuera ése precisamente el modo de composición de
Godwin; por otra parte, lo que él mismo confiesa no está de acuerdo en manera
alguna con la idea de Dickens. Pero el autor de Caleb Williams era un
autor demasiado entendido para no percatarse de las ventajas que se pueden
lograr con algún procedimiento semejante.
Si
algo hay evidente es que un plan cualquiera que sea digno de este nombre ha de
haber sido trazado con vistas al desenlace antes que la pluma ataque el papel.
Sólo si se tiene continuamente presente la idea del desenlace podemos conferir
a un plan su indispensable apariencia de lógica y de causalidad, procurando que
todas las incidencias y en especial el tono general tienda a desarrollar la
intención establecida.
Creo
que existe un radical error en el método que se emplea por lo general para
construir un cuento. Algunas veces, la historia nos proporciona una tesis;
otras veces, el escritor se inspira en un caso contemporáneo o bien, en el
mejor de los casos, se las arregla para combinar los hechos sorprendentes que
han de tratar simplemente la base de su narración, proponiéndose introducir las
descripciones, el diálogo o bien su comentario personal donde quiera que un
resquicio en el tejido de la acción brinde la ocasión de hacerlo.
Habiendo
ya elegido un tema novelesco y, a continuación, un vigoroso efecto que
producir, indago si vale más evidenciarlo mediante los incidentes o bien el
tono o bien por los incidentes vulgares y un tono particular o bien por una
singularidad equivalente de tono y de incidentes; luego, busco a mi alrededor,
o acaso mejor en mí mismo, las combinaciones de acontecimientos o de tomos que
pueden ser más adecuados para crear el efecto en cuestión.
He
pensado a menudo cuán interesante sería un artículo escrito por un autor que
quisiera y que pudiera describir, paso a paso, la marcha progresiva seguida en
cualquiera de sus obras hasta llegar al término definitivo de su realización.
Me
sería imposible explicar por qué no se ha ofrecido nunca al público un trabajo
semejante; pero quizá la vanidad de los autores haya sido la causa más poderosa
que justifique esa laguna literaria. Muchos escritores, especialmente los
poetas, prefieren dejar creer a la gente que escriben gracias a una especie de
sutil frenesí o de intuición extática; experimentarían verdaderos escalofríos
si tuvieran que permitir al público echar una ojeada tras el telón, para
contemplar los trabajosos y vacilantes embriones de pensamientos. La verdadera
decisión se adopta en el último momento, ¡a tanta idea entrevista!, a veces
sólo como en un relámpago y que durante tanto tiempo se resiste a mostrarse a plena
luz, el pensamiento plenamente maduro pero desechado por ser de índole
inabordable, la elección prudente y los arrepentimientos, las dolorosas
raspaduras y las interpolación. Es, en suma, los rodamientos y las cadenas, los
artificios para los cambios de decoración, las escaleras y los escotillones,
las plumas de gallo, el colorete, los lunares y todos los aceites que en el
noventa y nueve por ciento de los casos son lo peculiar del histrión literario.
Por
lo demás, no se me escapa que no es frecuente el caso en que un autor se halle
en buena disposición para reemprender el camino por donde llegó a su desenlace.
Generalmente,
las ideas surgieron mezcladas; luego fueron seguidas y finalmente olvidadas de
la misma manera.
Puesto
que no responde directamente a la cuestión poética, prescindamos de la
circunstancia, si lo prefieren, la necesidad, de que nació la intención de
escribir un poema tal que satisficiera al propio tiempo el gusto popular y el
gusto crítico.
Mi
análisis comienza, por tanto, a partir de esa intención.
La
consideración primordial fue ésta: la dimensión. Si una obra literaria es
demasiado extensa para ser leída en una sola sesión, debemos resignarnos a
quedar privados del efecto, soberanamente decisivo, de la unidad de impresión;
porque cuando son necesarias dos sesiones se interponen entre ellas los asuntos
del mundo, y todo lo que denominamos el conjunto o la totalidad queda destruido
automáticamente. Pero, habida cuenta de que coeteris paribus, ningún
poeta puede renunciar a todo lo que contribuye a servir su propósito, queda
examinar si acaso hallaremos en la extensión alguna ventaja, cual fuere, que
compense la pérdida de unidad aludida. Por el momento, respondo negativamente.
Lo que solemos considerar un poema extenso en realidad no es más que una
sucesión de poemas cortos, es decir, de efectos poéticos breves. Es inútil
sostener que un poema no es tal sino en cuanto eleva el alma y te reporta una
excitación intensa: por una necesidad psíquica, todas las excitaciones intensas
son de corta duración. Por eso, al menos la mitad del "Paraíso
perdido" no es más que pura prosa: hay en él una serie de excitaciones
poéticas salpicadas inevitablemente de depresiones. En conjunto, la obra toda,
a causa de su extensión excesiva, carece de aquel elemento artístico tan
decisivamente importante: totalidad o unidad de efecto.
Teniendo
muy presentes en mí ánimo estas consideraciones, así como aquel grado de
excitación que nos situaba por encima del gusto popular y por debajo del gusto
crítico, concebí ante todo una idea sobre la extensión idónea para el poema
proyectado: unos cien versos aproximadamente. En realidad cuenta exactamente
ciento ocho.
Mi
pensamiento se fijó seguidamente en la elevación de una impresión o de un
efecto que causar. Aquí creo que conviene observar que, a través de este
trabajo de construcción, tuve siempre presente la voluntad de lograr una obra
universalmente apreciable.
Me
alejaría demasiado de mi objeto inmediato presente si me entretuviese en
demostrar un punto en que he insistido muchas veces: que lo bello es el único
ámbito legítimo de la poesía. Con todo, diré unas palabras para presentar mi
verdadero pensamiento, que algunos amigos míos se han apresurado demasiado a
disimular. El placer a la vez más intenso, más elevado y más puro no se
encuentra -según creo- más que en la contemplación de lo bello. Cuando los
hombres hablan de belleza no entienden precisamente una cualidad, como se
supone, sino una impresión: en suma, tienen presente la violenta y pura
elevación del alma -no del intelecto ni del corazón- que ya he descrito y que
resulta de la contemplación de lo bello. Ahora bien, yo considero la belleza
como el ámbito de la poesía, porque es una regla evidente del arte que los
efectos deben brotar necesariamente de causas directas, que los objetos deben
ser alcanzados con los medios más apropiados para ello -ya que ningún hombre ha
sido aún bastante necio para negar que la elevación singular de que estoy
tratando se halle más fácilmente al alcance de la poesía. En cambio, el objeto
verdad, o satisfacción del intelecto, y el objeto pasión, o excitación del
corazón, son mucho más fáciles de alcanzar por medio de la prosa aunque, en
cierta medida, queden también al alcance de la poesía.
De
todo lo dicho hasta el presente no puede en modo alguno deducirse que la pasión
ni la verdad no puedan ser introducidas en un poema, incluso con beneficio para
éste; ya que pueden servir para aclarar o para potenciar el efecto global, como
las disonancias por contraste. Pero el auténtico artista se esforzará siempre
en reducirlas a un papel propicio al objeto principal que se pretenda, y además
en rodearlas, tanto como pueda, de la nube de belleza que es atmósfera y
esencia de la poesía. En consecuencia, considerando lo bello como mi terreno
propio, me pregunté entonces: ¿cuál es el tono para su manifestación más alta?
Éste había de ser el tema de mi siguiente meditación. Ahora bien, toda la
experiencia humana coincide en que ese tono es el de la tristeza. Cualquiera
que sea su parentesco, la belleza, en su desarrollo supremo, induce a las
lágrimas, inevitablemente, a las almas sensibles. Así, pues, la melancolía es
el más idóneo de los tonos poéticos.
Habiendo
ya fijado estos puntos, me preocupé por la naturaleza de mi estribillo: puesto
que su aplicación tenía que ser variada con frecuencia, era evidente que el
estribillo en cuestión había de ser breve, pues hubiera sido una dificultad
insuperable variar frecuentemente las aplicaciones de una frase un poco
extensa. Por supuesto, la facilidad de variación estaría proporcionada a la
brevedad de una frase. Ello me condujo seguidamente a adoptar como estribillo
ideal una única palabra. Entonces me absorbió la cuestión sobre el carácter de
aquella palabra. Habiendo decidido que habría un estribillo, la división del
poema en estancias resultaba un corolario necesario, pues el estribillo
constituye la conclusión de cada estrofa. No admitía duda para mí que semejante
conclusión o término, para poseer fuerza, debía ser necesariamente sonora y
susceptible de un énfasis prolongado: aquellas consideraciones me condujeron
inevitablemente a la o larga, que es la vocal más sonora, asociada a la r,
porque ésta es la consonante más vigorosa.
Ya
tenía bien determinado el sonido del estribillo. A continuación era preciso
elegir una palabra que lo contuviese y, al propio tiempo, estuviese en el
acuerdo más armonioso posible con la melancolía que yo había adoptado como tono
general del poema. En una búsqueda semejante, hubiera sido imposible no dar con
la palabra nevermore (nunca más). En realidad, fue la primera que se me
ocurrió.
El
siguiente fue éste: ¿cual será el pretexto útil para emplear continuamente la
palabra nevermore? Al advertir la dificultad que se me planteaba para
hallar una razón válida de esa repetición continua, no dejé de observar que
surgía tan sólo de que dicha palabra, repetida tan cerca y monótonamente, había
de ser proferida por un ser humano: en resumen, la dificultad consistía en
conciliar la monotonía aludida con el ejercicio de la razón en la criatura
llamada a repetir la palabra. Surgió entonces la posibilidad de una criatura no
razonable y, sin embargo, dotada de palabra: como lógico, lo primero que pensé
fue un loro; sin embargo, éste fue reemplazado al punto por un cuervo, que
también está dotado de palabra y además resulta infinitamente más acorde con el
tono deseado en el poema.
Tenía
que combinar entonces aquellas dos ideas: un amante que llora a su amada
perdida. Y un cuervo que repite continuamente la palabra nevermore. No
sólo tenía que combinarlas, sino además variar cada vez la aplicación de la
palabra que se repetía: pero el único medio posible para semejante combinación
consistía en imaginar un cuervo que aplicase la palabra para responder a las
preguntas del amante. Entonces me percaté de la facilidad que se me ofrecía
para el efecto de que mi poema había de depender: es decir, el efecto que debía
producirse mediante la variedad en la aplicación del estribillo.
Comprendí
que podía hacer formular la primera pregunta por el amante, a la que
respondería el cuervo: nevermore; que de esta primera pregunta podía
hacer una especie de lugar común, de la segunda algo menos común, de la tercera
algo menos común todavía, y así sucesivamente, hasta que por último el amante,
arrancado de su indolencia por la índole melancólica de la palabra, su
frecuente repetición y la fama siniestra del pájaro, se encontrase presa de una
agitación supersticiosa y lanzase locamente preguntas del todo diversas, pero
apasionadamente interesantes para su corazón: unas preguntas donde se diesen a
medias la superstición y la singular desesperación que halla un placer en su
propia tortura, no sólo por creer el amante en la índole profética o diabólica
del ave (que, según le demuestra la razón, no hace más que repetir algo
aprendido mecánicamente), sino por experimentar un placer inusitado al
formularlas de aquel modo, recibiendo en el nevermore siempre esperado
una herida reincidente, tanto más deliciosa por insoportable.
Viendo
semejante facilidad que se me ofrecía o, mejor dicho, que se me imponía en el
transcurso de mi trabajo, decidí primero la pregunta final, la pregunta
definitiva, para la que el nevermore sería la última respuesta, a su
vez: la más desesperada, llena de dolor y de horror que concebirse pueda.
Aquí
puedo afirmar que mi poema había encontrado su comienzo por el
fin, como debieran comenzar todas las obras de arte: entonces, precisamente en
este punto de mis meditaciones, tomé por vez primera la pluma, para componer la
siguiente estancia:
¡Profeta! Aire, ¡ente de mal agüero! ¡Ave o demonio, pero profeta siempre!
Por ese cielo tendido sobre nuestras cabezas, por ese Dios que ambos adoramos, di a esta alma cargada de dolor si en el Paraíso lejano podrá besar a una joven santa que los ángeles llaman Leonor, besar a una preciosa y radiante joven que los ángeles llaman Leonor".
El cuervo dijo: "¡Nunca más!."
Sólo entonces escribí esta estancia: primero, para fijar el grado supremo y poder de este modo, más fácilmente, variar y graduar, según su gravedad y su importancia, las preguntas anteriores del amante; y en segundo término, para decidir definitivamente el ritmo, el metro, la extensión y la disposición general de la estrofa, así como graduar las que debieran anteceder, de modo que ninguna aventajase a ésta en su efecto rítmico. Si, en el trabajo de composición que debía subseguir, yo hubiera sido tan imprudente como para escribir estancias más vigorosas, me hubiera dedicado a debilitarlas, conscientemente y sin ninguna vacilación, de modo que no contrarrestasen el efecto de crescendo.
Podría
decir también aquí algo sobre la versificación. Mi primer objeto era, como
siempre, la originalidad. Una de las cosas que me resultan más inexplicables
del mundo es cómo ha sido descuidada la originalidad en la versificación. Aun
reconociendo que en el ritmo puro exista poca posibilidad de variación, es evidente
que las variedades en materia de metro y estancia son infinitas: sin embargo,
durante siglos, ningún hombre hizo nunca en versificación nada original, ni
siquiera ha parecido desearlo.
Ni
qué decir tiene que yo no pretendo haber sido original en el ritmo o en el
metro de El cuervo. El primero es troqueo; el otro se compone de un
verso octómetro acataléctico, alternando con un heptámetro cataléctico que, al
repetirse, se convierte en estribillo en el quinto verso, y finaliza con un
tetrámetro cataléctico. Para expresarme sin pedantería, los pies empleados, que
son troqueos, consisten en una sílaba larga seguida de una breve; el primer
verso de la estancia se compone de ocho pies de esa índole; el segundo, de
siete y medio; el tercero, de ocho; el cuarto, de siete y medio; el quinto,
también de siete y medio; el sexto, de tres y medio. Ahora bien, si se consideran
aisladamente cada uno de esos versos habían sido ya empleados, de manera que la
originalidad de El cuervo consiste en haberlos combinado en la misma
estancia: hasta el presente no se había intentado nada que pudiera parecerse,
ni siquiera de lejos, a semejante combinación. El efecto de esa combinación
original se potencia mediante algunos otros efectos inusitados y absolutamente
nuevos, obtenidos por una aplicación más amplia de la rima y de la aliteración.
El
punto siguiente que considerar era el modo de establecer la comunicación entre
el amante y el cuervo: el primer grado de la cuestión consistía, naturalmente,
en el lugar. Pudiera parecer que debiese brotar espontáneamente la idea de una
selva o de una llanura; pero siempre he estimado que para el efecto de un
suceso aislado es absolutamente necesario un espacio estrecho: le presta el
vigor que un marco añade a la pintura. Además, ofrece la ventaja moral
indudable de concentrar la atención en un pequeño ámbito; ni que decir tiene
que esta ventaja no debe confundirse con la que se obtenga de la mera unidad de
lugar.
En
consecuencia, decidí situar al amante en su habitación, en una habitación que
había santificado con los recuerdos de la que había vivido allí. La habitación
se describiría como ricamente amueblada: con objeto de satisfacer las ideas que
ya expuse acerca de la belleza, en cuanto única tesis verdadera de la poesía.
Así,
también, hice posarse el ave sobre el busto de Palas para establecer el
contraste entre su plumaje y el mármol. Se comprende que la idea del busto ha
sido suscitada únicamente por el ave; que fuese precisamente un busto de Palas
se debió en primer lugar a la relación íntima con la erudición del amante y en
segundo término a causa de la propia sonoridad del nombre de Palas.
Hacia
mediados del poema, exploté igualmente la fuerza del contraste con el objeto de
profundizar la que sería la impresión final. Por eso, conferí a la entrada del
cuervo un matiz fantástico, casi lindante con lo cómico, al menos hasta donde
mi asunto lo permitía. El cuervo penetra con un tumultuoso aleteo.
No hizo ni la menor reverencia, no se detuvo, no vaciló ni un minuto;
pero con el aire de un señor o de una dama, colgóse sobre la puerta de mi habitación.
En las dos estancias siguientes, el propósito se manifiesta aun más:
Entonces aquel pájaro de ébano, que por la gravedad de su postura y la severidad de su fisonomía inducía a mi triste imaginación a sonreír:
"Aunque tu cabeza", le dije, "no lleve ni capote ni cimera, ciertamente no eres un cobarde, lúgubre y antiguo cuervo partido de las riberas de la noche.
¡Dime cuál es tu nombre señorial en las riberas de la noche plutónica".
El cuervo dijo: "¡Nunca más!".
porque hemos de convenir en que nunca más fue dado a un hombre vivo
el ver a un ave encima de la puerta de su habitación, a un ave o una bestia sobre un busto esculpido encima de la puerta de su habitación,
llamarse un nombre tal como "¡Nunca más!".
Preparado así el efecto del desenlace, me apresuro a abandonar el tono fingido y adoptar el serio, más profundo: este cambio de tono se inicia en el primer verso de la estancia que sigue a la que acabo de citar:
Mas el cuervo, posado solitariamente en el busto plácido, no profirió..., etc.
A
partir de este momento, el amante ya no bromea; ya no ve nada ficticio en el
comportamiento del ave. Habla de ella en los términos de una triste,
desgraciada, siniestra, enjuta y augural ave de los tiempos antiguos y siente
los ojos ardientes que le abrasan hasta el fondo del corazón. Esa transición de
su pensamiento y esa imaginación del amante tienen como finalidad predisponer
al lector a otras análogas, conduciendo el espíritu hacia una posición propicia
para el desenlace, que sobrevendrá tan rápida y directamente como sea posible.
Con el desenlace propiamente dicho, expresado en el jamás del cuervo en
respuesta a la última pregunta del amante -¿encontrará a su amada en el otro
mundo?-, puede considerarse concluido el poema en su fase más clara y natural,
la de simple narración. Hasta el presente, todo se ha mantenido en los límites
de lo explicable y lo real.
Pero,
en los temas manejados de esta manera, por mucha que sea la habilidad del artista
y mucho el lujo de incidentes con que se adornen, siempre quedan cierta rudeza
y cierta desnudez que dañan la mirada de la persona sensible. Dos elementos se
exigen eternamente: por una parte, cierta suma de complejidad, dicho con mayor
propiedad, de combinación; por otra cierta cantidad de espíritu sugestivo, algo
así como una vena subterránea de pensamiento, invisible e indefinido. Esta
última cualidad es la que le confiere a la obra de arte el aire opulento que a
menudo cometemos la estupidez de confundir con el ideal. Lo que transmuta en
prosa -y prosa de la más baja estofa-, la pretendida poesía de los que se
denominan trascendentalistas, es justamente el exceso en la expresión del
sentido que sólo debe quedar insinuado, la manía de convertir la corriente
subterránea de una obra en la otra corriente, visible en la superficie.
Convencido
de ello, añadí las dos estancias que concluyen el poema, porque su calidad
sugestiva había de penetrar en toda la narración antecedente. La corriente
subterránea del pensamiento se muestra por primera vez en estos versos:
Arranca tu pico de mi corazón y precipita tu espectro lejos de mi puerta.
El cuervo dijo: "Nunca más".
Quiero subrayar que la expresión "de mi corazón" encierra la primera expresión poética. Estas palabras, con la correspondiente respuesta, jamás, disponen el espíritu a buscar un sentido moral en toda la narración que se ha desarrollado anteriormente.
Y el cuervo, inmutable, sigue instalado, siempre
instalado sobre el busto plácido de Palas, justo encima de la puerta de mi habitación;
y sus ojos parecen los ojos de un demonio que medita;
y la luz de la lámpara, que le chorrea encima, proyecta su sombra en el suelo;
y mi alma, fuera del círculo de aquella sombra que yace flotando en el suelo,
no podrá elevarse ya más, ¡nunca más!
y sus ojos parecen los ojos de un demonio que medita;
y la luz de la lámpara, que le chorrea encima, proyecta su sombra en el suelo;
y mi alma, fuera del círculo de aquella sombra que yace flotando en el suelo,
no podrá elevarse ya más, ¡nunca más!
1846
terça-feira, 21 de fevereiro de 2012
El hombre de la multitud - Edgar Alan Poe
El hombre de la multitud (1840)
Cuentos de Edgar Allan Poe
Tradução do
inglês ao espanhol: Julio Cortázar
CONTOS
HISPANO-AMERICANOS DO SÉCULO XX
FLM0275 - FFLCH/USP (2002)
Este foi um
dos textos que vimos na matéria dentro da primeira série de textos sobre os
contos e suas técnicas e características. Como não tenho muitas anotações das
aulas, anexo aqui o que encontrei na Wikipédia, pois sou defensor da enciclopédia
livre e achei satisfatório o que está descrito.
Argumento
(Wikipedia)
El
relato se inicia con la siguiente cita del moralista francés Jean
de la Bruyère: "Ce grand
malheur, de ne pouvoir être seul",
tomada de su obra Caractères.
Dicha cita puede traducirse: «Qué gran desgracia la de no poder estar solo.» La
misma cita puede encontrarse en el primer cuento de Poe: Metzengerstein.1
Tras
superar una enfermedad no definida, el narrador pasa el tiempo en un café
londinense. Fascinado por la multitud que observa pasar a través de la ventana,
considera los distintos tipos y personajes (nobles, amanuenses, comerciantes,
abogados...), y el aislamiento a que están sometidos, a pesar de vivir apiñados
en la gran ciudad. Al caer la tarde, el narrador se fija en «a decrepit old
man, some sixty-five or seventy years of age» ("un anciano decrépito de
unos sesenta y cinco o setenta años"). Era «de escasa estatura, flaco y
aparentemente muy débil. Vestía ropas tan sucias como harapientas». El
narrador, lleno de curiosidad, decide dejar el café y seguir a este hombre.
Éste conduce al narrador por tiendas y comercios, sin comprar nunca nada, hasta
acabar en una zona muy pobre de la ciudad, para regresar otra vez al corazón de
la misma. La persecución se prolonga a lo largo de toda la noche y todo el día
siguiente. Finalmente, exhausto, el narrador se enfrenta cara a cara al extraño
anciano, quien, sin darse cuenta de haber sido seguido, pasa de largo. El
narrador sospecha, al verle perderse de nuevo entre la multitud, que debe de
ser un terrible criminal, llamándolo
el hombre de la multitud.
El hombre de la multitud (1840)
Ce grand malheur de ne pouvoir être
seul. (La
Bruyère)
“Qué gran desgracia la de no poder estar solo” (Wikipedia)
Bien se ha dicho de cierto libro alemán que “er lässt sich nicht lesen” -no se deja
leer-. Hay ciertos secretos que no se dejan expresar. Hay hombres que mueren de
noche en sus lechos, estrechando convulsivamente las manos de espectrales
confesores, mirándolos lastimosamente en los ojos; mueren con el corazón
desesperado y apretada la garganta a causa de esos misterios que no permiten que
se los revele. Una y otra vez, ¡ay!, la conciencia del hombre soporta una carga
tan pesada de horror que sólo puede arrojarla a la tumba. Y así la esencia de
todo crimen queda inexpresada.
No hace mucho tiempo, en un atardecer de otoño, hallábame
sentado junto a la gran ventana que sirve de mirador al café D..., en Londres.
Después de varios meses de enfermedad, me sentía convaleciente y con el retorno
de mis fuerzas, notaba esa agradable disposición que es el reverso exacto del “ennui”; disposición llena de apetencia,
en la que se desvanecen los vapores de la visión interior - άχλϋς ή πριν έπήεν - y el intelecto electrizado sobrepasa su nivel
cotidiano, así como la vívida aunque ingenua razón de Leibniz sobrepasa la
alocada y endeble retórica(1) de Gorgias. El solo hecho de respirar era un goce, e
incluso de muchas fuentes legítimas del dolor extraía yo un placer. Sentía un
interés sereno, pero inquisitivo, hacia todo lo que me rodeaba. Con un cigarro
en los labios y un periódico en las rodillas, me había entretenido gran parte
de la tarde, ya leyendo los anuncios, ya contemplando la variada concurrencia
del salón, cuando no mirando hacia la calle a través de los cristales velados
por el humo.
(1) retórica frágil
Dicha calle es una de las principales avenidas de la
ciudad, y durante todo el día había transitado por ella una densa multitud. Al
acercarse la noche, la afluencia aumentó, y cuando se encendieron las lámparas
pudo verse una doble y continua corriente de transeúntes pasando presurosos
ante la puerta. Nunca me había hallado a esa hora en el café, y el tumultuoso
mar de cabezas humanas me llenó de una emoción deliciosamente nueva. Terminé
por despreocuparme de lo que ocurría adentro y me absorbí en la contemplación
de la escena exterior.
Al principio, mis observaciones tomaron un giro abstracto
y general. Miraba a los viandantes en masa y pensaba en ellos desde el punto de
vista de su relación colectiva. Pronto, sin embargo, pasé a los detalles,
examinando con minucioso interés las innumerables variedades de figuras,
vestimentas, apariencias, actitudes, rostros y expresiones.
La gran mayoría de los que iban pasando tenían un aire
tan serio como satisfecho, y sólo parecían pensar en la manera de abrirse paso
en el apiñamiento. Fruncían las cejas y giraban vivamente los ojos; cuando
otros transeúntes los empujaban, no daban ninguna señal de impaciencia, sino
que se alisaban la ropa y continuaban presurosos. Otros, también en gran
número, se movían incansables, rojos los rostros, hablando y gesticulando
consigo mismos como si la densidad de la masa que los rodeaba los hiciera
sentirse solos. Cuando hallaban un obstáculo a su paso cesaban bruscamente de mascullar(2) pero redoblaban sus gesticulaciones, esperando con
sonrisa forzada y ausente que los demás les abrieran camino. Cuando los
empujaban, se deshacían en saludos hacia los responsables, y parecían llenos de
confusión. Pero, fuera de lo que he señalado, no se advertía nada distintivo en
esas dos clases tan numerosas. Sus ropas pertenecían a la categoría tan
agudamente denominada decente. Se trataba fuera de duda de gentileshombres,
comerciantes, abogados, traficantes y agiotistas; de los eupátridas(3) y la gente ordinaria de la sociedad; de hombres dueños
de su tiempo, y hombres activamente ocupados en sus asuntos personales, que
dirigían negocios bajo su responsabilidad. Ninguno de ellos llamó mayormente mi
atención.
(2) resmungar
(3) bem nascidos, filhos da elite, aristocracia.
El grupo de los amanuenses(4) era muy evidente, y en él discerní dos notables
divisiones. Estaban los empleados menores de las casas ostentosas, jóvenes de
ajustadas chaquetas, zapatos relucientes, cabellos con pomada y bocas
desdeñosas. Dejando de lado una cierta apostura que, a falta de mejor palabra,
cabría denominar oficinesca, el aire de dichas personas me parecía el exacto
facsímil de lo que un año o año y medio antes había constituido la perfección
del bon ton. Afectaban las maneras ya desechadas por la clase media -y esto,
creo, da la mejor definición posible de su clase.
(4) pessoas que copiam com boa caligrafia.
La división formada por los empleados superiores de las
firmas sólidas, los «viejos tranquilos», era inconfundible. Se los reconocía
por sus chaquetas y pantalones negros o castaños, cortados con vistas a la
comodidad; las corbatas y chalecos, blancos; los zapatos, anchos y sólidos, y
las polainas o los calcetines, espesos y abrigados. Todos ellos mostraban
señales de calvicie, y la
oreja derecha, habituada a sostener desde hacía mucho un lapicero, aparecía
extrañamente separada (5). Noté
que siempre se quitaban o ponían el sombrero con ambas manos y que llevaban
relojes con cortas cadenas de oro de maciza y antigua forma. Era la suya la
afectación de respetabilidad, si es que puede existir una afectación tan
honorable.
(5) descrições impresionantes
e detalhadas.
Había aquí y allá numerosos individuos de brillante
apariencia, que fácilmente reconocí como pertenecientes a esa especie de
carteristas elegantes que infesta todas las grandes ciudades. Miré a dicho
personaje con suma detención y me resultó difícil concebir cómo los caballeros
podían confundirlos con sus semejantes. Lo exagerado del puño de sus camisas y
su aire de excesiva franqueza los traicionaba inmediatamente (6).
(6) o observador diz reconhecer todos os tipos sociais.
Mais abaixo, dirá reconhecer os malandros pela cor da pele, olhar vago e
perdido, lábios pálidos e apertados.
Los jugadores profesionales -y había no pocos- eran aún
más fácilmente reconocibles. Vestían toda clase de trajes, desde el pequeño
tahúr de feria, con su chaleco de terciopelo, corbatín de fantasía, cadena
dorada y botones de filigrana, hasta el pillo, vestido con escrupulosa y
clerical sencillez, que en modo alguno se presta a despertar sospechas. Sin embargo, todos ellos se
distinguían por el color terroso y atezado de la piel, la mirada vaga y perdida
y los labios pálidos y apretados. Había, además, otros dos rasgos que me
permitían identificarlos siempre; un tono reservadamente bajo al conversar, y
la extensión más que ordinaria del pulgar, que se abría en ángulo recto con los
dedos. Junto a estos tahúres observé muchas veces a hombres vestidos de manera
algo diferente, sin dejar de ser pájaros del mismo plumaje. Cabría definirlos
como caballeros que viven de su ingenio. Parecen precipitarse sobre el público
en dos batallones: el de los dandis y el de los militares. En el primer grupo,
los rasgos característicos son los cabellos largos y las sonrisas; en el
segundo, los levitones y el aire cejijunto.
Bajando por la escala de lo que da en llamarse
superioridad social, encontré temas de especulación más sombríos y profundos.
Vi buhoneros judíos, con ojos de halcón brillando en rostros cuyas restantes
facciones sólo expresaban abyecta humildad; empedernidos mendigos callejeros
profesionales, rechazando con violencia a otros mendigos de mejor estampa, a
quienes sólo la desesperación había arrojado a la calle a pedir limosna;
débiles y espectrales inválidos, sobre los cuales la muerte apoyaba una firme
mano y que avanzaban vacilantes entre la muchedumbre, mirando cada rostro con
aire de imploración, como si buscaran un consuelo casual o alguna perdida
esperanza; modestas jóvenes que volvían tarde de su penosa labor y se
encaminaban a sus fríos hogares, retrayéndose más afligidas que indignadas ante
las ojeadas de los rufianes, cuyo contacto directo no les era posible evitar;
rameras de toda clase y edad, con la inequívoca belleza en la plenitud de su
feminidad, que llevaba a pensar en la estatua de Luciano, por fuera de mármol
de Paros y por dentro llena de basura; la horrible leprosa harapienta, en el
último grado de la ruina; el vejestorio lleno de arrugas, joyas y cosméticos,
que hace un último esfuerzo para salvar la juventud; la niña de formas apenas
núbiles, pero a quien una larga costumbre inclina a las horribles coqueterías
de su profesión, mientras arde en el devorador deseo de igualarse con sus
mayores en el vicio; innumerables e indescriptibles borrachos, algunos
harapientos y remendados, tambaleándose, incapaces de articular palabra,
amoratado el rostro y opacos los ojos; otros con ropas enteras aunque sucias,
el aire provocador pero vacilante, gruesos labios sensuales y rostros
rubicundos y abiertos; otros vestidos con trajes que alguna vez fueron buenos y
que todavía están cepillados cuidadosamente, hombres que caminan con paso más
firme y más vivo que el natural, pero cuyos rostros se ven espantosamente
pálidos, los ojos inyectados en sangre, y que mientras avanzan a través de la
multitud se toman con dedos temblorosos todos los objetos a su alcance; y,
junto a ellos, pasteleros, mozos de cordel, acarreadores de carbón,
deshollinadores, organilleros, exhibidores de monos amaestrados, cantores
callejeros, los que venden mientras los otros cantan, artesanos desastrados,
obreros de todas clases, vencidos por la fatiga, y todo ese conjunto estaba
lleno de una ruidosa y desordenada vivacidad, que resonaba discordante en los
oídos y creaba en los ojos una sensación dolorosa(7).
(7) não deixa de ser espantoso a capacidade e precisão
do observador em descrever tantos grupos e caracteres sociais dos transeuntes,
considerando-se que ele se encontra em uma janela de um café e à noite.
A medida que la noche se hacía más profunda, también era
más profundo mi interés por la escena; no sólo el aspecto general de la
multitud cambiaba materialmente (pues sus rasgos más agradables desaparecían a
medida que el sector ordenado de la población se retiraba y los más ásperos se
reforzaban con el surgir de todas las especies de infamia arrancadas a sus
guaridas por lo avanzado de la hora), sino que los resplandores del gas,
débiles al comienzo de la lucha contra el día, ganaban por fin ascendiente y
esparcían en derredor una luz agitada y deslumbrante. Todo era negro y, sin
embargo, espléndido, como el ébano con el cual fue comparado el estilo de
Tertuliano.
Los extraños
efectos de la luz me obligaron a examinar individualmente las caras de la gente
y, aunque la rapidez con que aquel mundo pasaba delante de la ventana me
impedía lanzar más de una ojeada a cada rostro, me pareció que, en mi singular
disposición de ánimo, era capaz de leer la historia de muchos años en el breve
intervalo de una mirada.
Pegada la frente a
los cristales, ocupábame en observar la multitud, cuando de pronto se me hizo
visible un rostro (el de un anciano decrépito de unos sesenta y cinco o setenta
años) que detuvo y absorbió al punto toda mi atención, a causa de la absoluta singularidad
de su expresión. Jamás había visto nada que se pareciese remotamente a esa
expresión. Me acuerdo de que, al contemplarla, mi primer pensamiento fue que,
si Retzch la hubiera visto, la hubiera preferido a sus propias encarnaciones
pictóricas del demonio. Mientras
procuraba, en el breve instante de mi observación, analizar el sentido de lo
que había experimentado, crecieron confusa y paradójicamente en mi cerebro las
ideas de enorme capacidad mental, cautela, penuria, avaricia, frialdad,
malicia, sed de sangre, triunfo, alborozo, terror excesivo, y de intensa,
suprema desesperación. Me sentí extrañamente excitado, lleno de asombro y
fascinación. «¡Qué extraordinaria historia está escrita en ese pecho!», me
dije. Nacía en mí un ardiente deseo de no perder de vista a aquel hombre, de
saber más sobre él. Poniéndome rápidamente el abrigo y tomando sombrero y
bastón, salí a la calle y me abrí paso entre la multitud en la dirección que le
había visto tomar, pues ya había desaparecido. Después de algunas dificultades
terminé por verlo otra vez; acercándome, lo seguí de cerca, aunque
cautelosamente, a fin de no llamar su atención. Tenía ahora una buena
oportunidad para examinarlo. Era de escasa estatura, flaco y aparentemente muy
débil. Vestía ropas tan sucias como harapientas; pero, cuando la luz de un
farol lo alumbraba de lleno, pude advertir que su camisa, aunque sucia, era de
excelente tela, y, si mis ojos no se engañaban, a través de un desgarrón del
abrigo de segunda mano que lo envolvía apretadamente alcancé a ver el
resplandor de un diamante y de un puñal. Estas observaciones enardecieron mi
curiosidad y resolví seguir al desconocido a dondequiera que fuese.
Era ya noche cerrada y la espesa niebla húmeda que
envolvía la ciudad no tardó en convertirse en copiosa lluvia. El cambio de
tiempo produjo un extraño efecto en la multitud, que volvió a agitarse y se
cobijó bajo un mundo de paraguas. La ondulación, los empujones y el rumor se
hicieron diez veces más intensos. Por mi parte la lluvia no me importaba mucho;
en mi organismo se escondía una antigua fiebre para la cual la humedad era un
placer peligrosamente voluptuoso. Me puse un pañuelo sobre la boca y seguí
andando. Durante media hora el viejo se abrió camino dificultosamente a lo
largo de la gran avenida, y yo seguía pegado a él por miedo a perderlo de
vista. Como jamás se volvía, no me vio. Entramos al fin en una calle
transversal que, aunque muy concurrida, no lo estaba tanto como la que
acabábamos de abandonar. Inmediatamente advertí un cambio en su actitud.
Caminaba más despacio, de manera menos decidida que antes, y parecía vacilar.
Cruzó repetidas veces a un lado y otro de la calle, sin propósito aparente; la
multitud era todavía tan densa que me veía obligado a seguirlo de cerca. La
calle era angosta y larga y la caminata duró casi una hora, durante la cual los
viandantes fueron disminuyendo hasta reducirse al número que habitualmente
puede verse a mediodía en Broadway, cerca del parque (pues tanta es la
diferencia entre una muchedumbre londinense y la de la ciudad norteamericana
más populosa). Un nuevo cambio de dirección nos llevó a una plaza
brillantemente iluminada y rebosante de vida. El desconocido recobró al punto
su actitud primitiva. Dejó caer el mentón sobre el pecho, mientras sus ojos
giraban extrañamente bajo el entrecejo fruncido, mirando en todas direcciones
hacia los que le rodeaban. Se
abría camino con firmeza y perseverancia(8). Me sorprendió, sin embargo, advertir que, luego de
completar la vuelta a la plaza, volvía sobre sus pasos. Y mucho más me asombró
verlo repetir varias veces el mismo camino, en una de cuyas ocasiones estuvo a
punto de descubrirme cuando se volvió bruscamente.
(8) chama a atenção essa parte: andar com firmeza e
perseverança quando está rodeado de muita gente...
Otra hora transcurrió en esta forma, al fin de la cual
los transeúntes habían disminuído sensiblemente. Seguía lloviendo con fuerza,
hacía fresco y la gente se retiraba a sus casas. Con un gesto de impaciencia el
errabundo entró en una
calle lateral comparativamente desierta. Durante cerca de un cuarto de
milla anduvo por ella con
una agilidad que jamás hubiera soñado en una persona de tanta edad, y me
obligó a gastar mis fuerzas para poder seguirlo. En pocos minutos llegamos a una feria muy grande y
concurrida, cuya disposición parecía ser familiar al desconocido. Inmediatamente recobró su
actitud anterior, mientras se abría paso a un lado y otro, sin propósito
alguno, mezclado con la
muchedumbre de compradores y vendedores (9).
(9) quando estava sozinho, apressava o passo até se
encontrar em meio à multidão, quando então retomava o passo lento e se
tranquilizava.
Durante la hora y media aproximadamente que pasamos en el
lugar debí obrar con suma cautela para mantenerme cerca sin ser descubierto.
Afortunadamente llevaba chanclos que me permitían andar sin hacer el menor
ruido. En ningún momento notó el viejo que lo espiaba. Entró de tienda en
tienda, sin informarse de nada, sin decir palabra y mirando las mercancías con
ojos ausentes y extraviados. A esta altura me sentía lleno de asombro ante su
conducta, y estaba resuelto a no perderle pisada hasta satisfacer mi curiosidad.
Un reloj dio sonoramente las once, y los concurrentes empezaron a
abandonar la feria. Al cerrar un postigo, uno de los tenderos empujó al
viejo, e instantáneamente vi que corría por su cuerpo un estremecimiento.
Lanzóse a la calle, mirando ansiosamente en todas direcciones, y corrió con
increíble velocidad por varias callejuelas sinuosas y abandonadas, hasta volver
a salir a la gran avenida de donde habíamos partido, la calle del hotel D...
Pero el aspecto del lugar había cambiado. Las luces de gas brillaban todavía,
mas la lluvia redoblaba su fuerza y sólo alcanzaban a verse contadas personas. El desconocido palideció.
Con aire apesadumbrado anduvo algunos pasos por la avenida antes tan populosa,
y luego, con un profundo suspiro, giró en dirección al río y, sumergiéndose en
una complicada serie de atajos y callejas, llegó finalmente ante uno de los más
grandes teatros de la ciudad. Ya cerraban sus puertas y la multitud salía a la
calle. Vi que el viejo
jadeaba como si buscara aire fresco en el momento en que se lanzaba a la
multitud, pero me pareció que el intenso tormento que antes mostraba su rostro
se había calmado un tanto. Otra vez cayó su cabeza sobre el pecho; estaba tal como lo había visto
al comienzo. Noté que seguía el camino que tomaba el grueso del público,
pero me era imposible comprender lo misterioso de sus acciones(10).
(10) novamente percebemos o desespero do velho quando
está fora da multidão.
Mientras andábamos los grupos se hicieron menos compactos
y la inquietud y vacilación del viejo volvieron a manifestarse. Durante un rato
siguió de cerca a una ruidosa banda formada por diez o doce personas; pero poco
a poco sus integrantes se fueron separando, hasta que sólo tres de ellos
quedaron juntos en una calleja angosta y sombría, casi desierta. El desconocido
se detuvo y por un momento pareció perdido en sus pensamientos; luego, lleno de
agitación, siguió rápidamente una ruta que nos llevó a los límites de la ciudad
y a zonas muy diferentes de las que habíamos atravesado hasta entonces. Era el
barrio más ruidoso de Londres, donde cada cosa ostentaba los peores estigmas de
la pobreza y del crimen. A la débil luz de uno de los escasos faroles se veían
altos, antiguos y carcomidos edificios de madera, peligrosamente inclinados de
manera tan rara y caprichosa que apenas sí podía discernirse entre ellos algo
así como un pasaje. Las piedras del pavimento estaban sembradas al azar,
arrancadas de sus lechos por la cizaña. La más horrible inmundicia se acumulaba
en las cunetas. Toda la atmósfera estaba bañada en desolación. Sin embargo, a
medida que avanzábamos los sonidos de la vida humana crecían gradualmente y al
final nos encontramos entre grupos del más vil populacho de Londres, que se
paseaban tambaleantes de un lado a otro. Otra vez pareció reanimarse el viejo, como
una lámpara cuyo aceite está a punto de extinguirse. Otra vez echó a andar con
elásticos pasos. Doblamos bruscamente en una esquina, nos envolvió una luz
brillante y nos vimos frente a uno de los enormes templos suburbanos de la
Intemperancia, uno de los palacios del demonio Ginebra.
Faltaba ya poco para el amanecer, pero gran cantidad de
miserables borrachos entraban y salían todavía por la ostentosa puerta. Con un
sofocado grito de alegría el viejo se abrió paso hasta el interior, adoptó al
punto su actitud primitiva y anduvo de un lado a otro entre la multitud, sin
motivo aparente. No
llevaba mucho tiempo así, cuando un súbito movimiento general hacia la puerta
reveló que la casa estaba a punto de ser cerrada. Algo aún más intenso que la
desesperación se pintó entonces en las facciones del extraño ser a quien venía
observando con tanta pertinacia. No vaciló, sin embargo, en su carrera,
sino que con una energía de maniaco volvió sobre sus pasos hasta el corazón de
la enorme Londres. Corrió rápidamente y durante largo tiempo, mientras yo lo
seguía, en el colmo del asombro, resuelto a no abandonar algo que me interesaba
más que cualquier otra cosa. Salió el sol mientras seguíamos andando y, cuando
llegamos de nuevo a ese punto donde se concentra la actividad comercial de la
populosa ciudad, a la calle del hotel D..., la vimos casi tan llena de gente y
de actividad como la tarde anterior. Y aquí, largamente, entre la confusión que
crecía por momentos, me obstiné en mi persecución del extranjero. Pero, como siempre,
andando de un lado a otro, y durante todo el día no se alejó del torbellino de
aquella calle. Y cuando llegaron las sombras de la segunda noche, y yo me
sentía cansado a morir, enfrenté al errabundo y me detuve, mirándolo fijamente
en la cara. Sin reparar en mí, reanudó su solemne paseo, mientras yo, cesando
de perseguirlo, me quedaba sumido en su contemplación.
-Este viejo -dije por fin-representa el arquetipo y el
genio del profundo crimen. Se niega a estar solo. Es el hombre de la multitud. Sería
vano seguirlo, pues nada más aprenderé sobre él y sus acciones. El peor corazón
del mundo es un libro más repelente que el Hortulus
Animae(11), y quizá
sea una de las grandes mercedes de Dios el que er lässt sich nicht lesen.
(11) vale das almas
FIN
Fontes dos
textos digitados, usados para minha leitura:
http://es.wikipedia.org/wiki/El_hombre_de_la_multitud
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Estou aproveitando estes dias de feriado para melhorar meu blog Refeitório Cultural. Ali já tem muita coisa boa de cultura como literatura, filmes, história, aulas da Usp digitadas etc.
É o meu WIKI - What (William) I Know Is...
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